A esto se
suma la existencia de focos de atracción para un intenso turismo
cultural,
manifestados en los principales destinos turísticos y en los grandes eventos
expositivos grandes museos, ferias y convenciones que aspiran
a hacer accesible una cultura de alcance mundial, en estrecha relación con la
ampliación de las redes de transporte internacionales, especialmente el aéreo.
Todos estos retos nos han permitido profundizar en el significado de la palabra-ídolo que nos ocupa: globalización. Es hora de recapitular su significado y de apuntar propuestas de acción humana que permitan aprovechar las oportunidades que ofrece y evitar sus riesgos.
Hoy en la actualidad la globalización cultural está en función del alcance geográfico de estos movimientos y la intensidad o el volumen de dichos movimientos, también al igual que en velocidad o rapidez con que es posible comunicar imágenes o las ideas de un lugar a otro. Una concentración exclusiva en los flujos culturales no marca una importancia de relaciones permanentes establecidas por dichos flujos, es obvio que algunos flujos son totalmente transitorios y no dejan una huella social.
Los considerables flujos de información de personas y de imágenes que circulan alrededor del planeta, cruzando las fronteras con impunidad, han cambiado el contexto en el cual se deben de desarrollar los proyectos nacionales de cualquier clase. Tal vez es mas probable que la amenaza real para los proyectos nacionalistas de todas clases provenga de un incipiente cosmopolitismo cultural que desafiara la idea de la nación como la principal comunidad política y cultural y que exigirá la reubicación del poder en instituciones que no sean el Estado Nacional.
Pero para que un input cultural (un libro, una película, un espectáculo ofrecido en un parque temático, un videojuego, un anuncio, una discusión con los amigos o una excursión) ayude a la socialización de un joven o a la humanización de un adulto, tiene que ser recibido después de haber sido elegido y tiene que elaborarse activamente, para adaptarlo a la historia personal o colectiva del propio grupo humano. Cuando no hay adaptación (y al déficit de adaptación contribuye la cultura del consumismo compulsivo y la estrategia comercial de la industria del entretenimiento), los inputs culturales fomentan adicciones o convierten a los ciudadanos-consumidores en sujetos pasivos. Cuando hay adaptación, como en Sophiatown, los inputs culturales aterrizan adecuadamente en una persona o en un grupo humano concreto y transforman su cultura en un sentido humanizador.
Los problemas culturales que hemos presentado invitan a la acción de personas e instituciones para que el rostro cultural de la globalización se ponga al servicio de formas de vida más humanas. En los capítulos anteriores hemos presentado, de forma análoga, retos tecnoeconómicos y sociopolíticos.
Todos estos retos nos han permitido profundizar en el significado de la palabra-ídolo que nos ocupa: globalización. Es hora de recapitular su significado y de apuntar propuestas de acción humana que permitan aprovechar las oportunidades que ofrece y evitar sus riesgos.
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